El guardián de Elternia

Fantasía · Magia y Espada

El guardián
de Elternia

En un mundo frío, una pequeña promesa
encenderá la esperanza.

¿Para quién es este viaje?

Escribí esto para quienes disfrutan de mundos fantásticos con cosmogonías originales. Si devoraste Nacidos de la Bruma o El nombre del viento, o si te conmovieron los vínculos de Naruto, los combates estratégicos de Demon Slayer o la hermosa melancolía de Frieren, encontrarás un hogar en Elternia.

Quería que cada batalla doliera en el alma por lo que los personajes se están jugando, así que encontrarás relaciones familiares rotas, sacrificio y redención.

Mockup El guardián de Elternia
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Una historia por un fan de la fantasía para otros fans

«Algunos héroes no blanden espadas: empuñan esperanza.»

«Un celador inmortal cansado de derramar sangre. Un errante mortal dispuesto a dar la suya por una última deuda. Dos destinos unidos por el llanto de una niña entre la nieve.»

«El frío de la Zarpa Ártica congela los huesos. Pero es el alma la que experimenta el verdadero invierno.»

Ivano de la Rosa

Hola, soy

Ivano de la Rosa

Tu anfitrión en esta mágica travesía

Sé que suena raro decirlo, pero escribir este libro no nació de la idea de contar una aventura grandiosa, sino del deseo genuino de explorar nuestras heridas más profundas a través de un mundo fantástico.

Todo nació con Kanok. Él es un astaren —mitad ciervo, mitad humano— que está completamente roto. La culpa y la rabia lo consumen tras la desaparición de su familia, y me dolió mucho dejarlo así, aislado en el frío hostil de la Zarpa Ártica. Pero entonces aparece Nebjara, y ella lo cambia todo. Es una niña astaren, enferma y abandonada, que carga con un peso enorme: pedir ayuda para salvar a su pueblo de los grifos gerifaltes, las criaturas aladas que amenazan con esclavizarlos.

Al principio, Kanok se resiste con pezuñas y dientes; no quiere volver a sentir ni a perder. Pero la vulnerabilidad de la pequeña rompe su armadura de hielo. Lo que empieza como un "no" rotundo se transforma en una odisea desesperada de redención que los llevará hasta el santuario de Elternia, donde aguardan la fuente de la vida y su guardián milenario.

Más allá de la mitología, las razas y la fauna que creé para este universo, lo que a mí realmente me toca la fibra más íntima es el vínculo de padre e hijo que nace entre Kanok y Nebjara. Su relación es el corazón de todo, una humilde reflexión sobre el perdón, el sacrificio y lo que somos capaces de hacer cuando encontramos a alguien por quien vale la pena luchar.

Espero de corazón que sientan por ellos el mismo amor que yo sentí al escribir su viaje.

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Libro El guardián de Elternia

Primera novela

El guardián de Elternia

En un mundo frío, una pequeña promesa encenderá la esperanza.

Kanok, un centauro astado, se encuentra errante en un mundo helado y hostil. La única calidez que encuentra es la de Nebjara, una niña astaren que le ruega que salve a su tribu.

Aunque Kan se niega, el destino los une en una lucha desesperada por sobrevivir a bestias salvajes, grifos gerifaltes parlantes y la implacable soledad. A cada paso, Nebjara lo obligará a confrontar su pasado y recordar una promesa incumplida.

Para salvarse, Kanok deberá sanar su corazón herido y aprender a luchar por algo más que su venganza.

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Los lectores disfrutan

El volumen está ilustrado, es totalmente autoconclusivo y funciona de manera independiente.

★★★★★
"¡Ya era hora de un libro de fantasía que no imponga! Terminé el libro en una tarde y quedé con ganas de más."
— Sarah, entusiasta de la fantasía
★★★★★
"Las ilustraciones son increíbles. Kanok es un personaje que se te queda grabado. Una historia emotiva y épica."
— Marcos R., lector de Amazon
★★★★★
"Por fin una novela de fantasía que puedo recomendar a alguien que no lee el género. Accesible, profunda y bellísima."
— Lucía M., Goodreads
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Primeras páginas

El guardián de Elternia

El guardián de Elternia

Prólogo

El caballero desquiciado

El fresco acariciaba las cicatrices en forma de llamaradas del rostro de Araturseld, despeinando sus mechones. Igual a un bisonte viejo y aburrido, bufó.

Desde arriba, el astro nocturno vertía su fulgor sobre una arena de batalla hundida. Un bosque ancestral y níveo abrazaba el sitio, después del cerco de columnas en ruinas, creando un ambiente de paz, salvo por el huracán que rugía alrededor.

Sentado con las piernas cruzadas, el caballero envuelto en los vestigios de lo que fue una armadura enchapada en oro, ahora un cascarón abollado y surcado de tajos, volteó sobre el hombro.

En la orilla opuesta se alzaba un altar detrás de un manantial de plata con una piedra oscura en su centro y bañada por un cañón de luz estelar. Cuán antiguo y solitario era aquel sagrario. ¿Terminaría siendo como él? Se le escapó un suspiro y enderezó la postura.

Delante, la gran empedrada lucía con adoquines ausentes, zanjas y pedacería por doquier.

A través del mandoble tornasol reposado en sus muslos, el rubio deslizó los dedos.

—¿El campo? ¿Cuál, Tarnia? ¡Ah, sí, el de batalla! Pues mira, espada mía, sí, lo repararé pronto pero... ¡Bha! —Se rascó la rabadilla—. ¿Te has dado cuenta? ¡Cada siglo tenemos más «visitantes»!

Se escuchó un relincho.

—¿Eso fue un...? —Aratúrseld entornó los ojos soltando la mandíbula—. ¡Te lo dije! ¿Lo escuchaste? Qué oportunos.

Tras el borde de la arena, apareció un estandarte oscuro con el escudo de un sol carmesí, rodeado de seis luceros. Lo sujetaba un jinete vestido de armadura ónix y con marcas de carmín.

El noble se frotó la barba sucia y prolongada en cordones gruesos y apelmazados.

—¡Nos aman, Tarnia, nos adoran! —Se mordió la lengua y se levantó—. ¿Qué estará pasando allá afuera? ¿Acaso ya no hay respeto por los designios de los santos Lardires?

Unos minutos después, descendió una columna de caballería, seguida de tres filas de lanceros.

Con un movimiento espasmódico, el espadachín se ladeó.

—Lucen sin rastros de fatiga. ¿No se supone que solo los astaren tienen la llave de este lugar? ¿Cómo lo consiguieron?

Sin dudar, los soldados se formaron en media luna fuera de la arena, al ritmo de las trompetas, incluyendo un ariete, dos carros de ballesta y cuatro catapultas.

El guardián alargó el cuello.

—¡Espera, eso es un...! —Se pasó los dedos por la mata de pelo que aún le quedaba—. ¡No lo puedo creer!

Con los carramatos de asedio ya en su lugar, llegó una última jaula gigantesca, arrastrada por cinco sementales. Dentro de la reja yacía un león escarlata, cuya melena se encendía en llamaradas tras cada gruñido.

Aratúrseld golpeó su filo.

—¡Por supuesto que no sabes lo que es, mi ansiosa espada! Eso es un canterbario: un felino de la Tierra del Ocaso Infinito. —Las manos le palpitaban—. ¡Son aterradores! Les encanta coleccionar coronas de reyes, luego de arrancarles la cabeza. Solo había leído sobre ellos, luce... —Comenzó a andar—. Temible. No te preocupes, solo quiero verlo de cer...

La sangre le explotó en el pecho cuando el asta de un estandarte lo atravesó. Al golpear las rodillas contra el suelo, la armadura repicó. La adrenalina cayó de tirón en sus venas, similar al mandoble sobre el suelo.

Un hombre entrado en años con bigotes igual que colmillos de morsa y pintura de guerra, el jinete delante, levantó a su montura en los cuartos traseros.

—¡Qué insulto! ¿De verdad tú eres el ilustre y beato guardián de Elternia?

Ilustración

Nuestro centinela tomó la lanza usando ambas manos, su expresión rígida.

—Lo soy... —Escupió sangre.

El recién llegado sacó la lengua.

—¡Yo soy Lúceror, del Reino del Ocaso! —Maniobró su corcel de un lado a otro—. ¡Eres una broma! ¡Moví una campaña tan costosa cuando pude hurtar por mí mismo el elixir definitivo!

Alzó la vista el caballero indignente.

—Olvídalo... eso lo creen todos.

El otro detuvo su montura.

—Tu cara es un mar de cicatrices, apenas tienes dientes y tu armadura, aunque dorada, luce opaca y tiene el doble de remiendos. —Lo señaló—. ¡Sin embargo, toda esa experiencia de mil batallas te sirvió de nada! —Soltó una risotada—. ¡Reclamo el santo tesoro que guardas!

Aratúrseld bajó la cabeza.

—¿El santo tesoro que...? —Río, mirando los brillos de su espada—. Ya te dije, Tarnia... soy un distraído, para ya de regaños, no seas majadera.

Dentro de su yelmo, el hombre de los bigotes de morsa entornó los ojos.

—Estás demente, tanta soledad te ha trastornado. —Y giró hacia su ejército, levantando los brazos—. ¡Elternia ha sido conquistada, mis señores de armas! ¡Solo un loco moribundo nos separa de nuestro más preciado anhelo! —Volvió a carcajear.

El centinela tensó la quijada.

—Está bien, espada mía, iré en serio. No necesitas recordármelo.

Volvió a ser reparado el corcel de Lúceror.

—¡Suenen los tambores y las trompetas de triunfo! ¡Mi gloria y riqueza ahora son...!

Aratúrseld hizo su movimiento.

De su bestia cayó el jinete de armadura azabache y pintarrajeada de carmesí, emitiendo un chillido grotesco.

No obstante, el líquido vital esparcido por todas partes no era el suyo. En aquella madrugada los chillidos de la montura resonaron.

El hombre del Ocaso reptó fuera del alcance.

—¡Sáquenme de aquí, soldados inútiles! —gritó, mientras el equino, con sus cuatro miembros cercenados, se sacudía en el campo de baldosas.

El vigilante no se movió. De inmediato, seis soldados a caballo se acercaron y retiraron a su ruidoso señor.

—¡Lo pagarás, guardián! ¡Haré que compenses la vida de mi montura, sádico!

Aratúrseld bajó su espada. En ese instante, el escurrir de la sangre eclipsaba su destello multicolor. Se acercó al animal retorciéndose entre estertores.

—Lo sé, Tarnia. —En sus entrañas se arremolinó una ventisca—. La pobre criatura no tiene la culpa de mi violencia —sentenció, antes de clavarle un estoque entre las costillas.

El semental dejó de moverse. Luego, justo donde había sido herido, el caballero tocó la fisura en su armadura. Todavía sangraba, pero ya ningún órgano o hueso yacía expuesto.

—Soy responsable, este bendito lugar existe y debo resguardarlo. —Se palpó las cicatrices en diagonal de su faz—. Solo estoy hastiado de este pasado, dolor, soledad... que se repiten sin cesar. —Cerró el párpado del equino—. Fastidiado de matar en nombre de Erí. —Erigió su espada y brincó el cuerpo del animal.

A cierta distancia, Lúceror había montado en otro corcel.

—¡A la carga! —No dejó de vociferar—. ¡Ya, ataquen! ¡Lancen la ofensiva! —Señaló a su ejército—. ¡Que su santa existencia como celador se extinga ahora mismo!

Las tres columnas del ejército, junto a su maquinaria de guerra, avanzaron. Cólera, cenizas, muerte, las conocerían hoy.

* * *

Esa misma tarde, tras el huracán, la incandescencia del amanecer rebotaba contra las placas de su armadura, revelando cada abolladura y surco.

Aratúrseld parpadeó y un gruñido escapó de entre su barba enmarañada y llena de hollín. El santo ciclo no acababa.

En lo alto brillaba la Estela Carinéia, un arcoíris perpetuo entre restos planetarios que ardían atrapados en la atmósfera. Era la cicatriz celeste de la antigua guerra de los lardires, hijos del todopoderoso Erí.

Un calor le subió por el pecho al caballero e inclinó la cabeza. El ambiente sopló a sangre, metal fundido y madera chamuscada. Se rascó la barba grasienta y el vello de sus brazos se erizó bajo la cota de malla.

La explanada era un cementerio de hombres y bestias desmembrados, sobre charcos carmesíes. El rubio empuñó el pomo de su espada. Nunca hubiera pensado que algún día le hastiara matar. No contuvo el vómito.

Ya no se enarbolaba ningún estandarte, solo columnas de humo desapareciendo con el viento. Se movió inquieto en su asiento, que ofrecía cierto almohadillado: el gran canterbario; el felino escarlata, con la lengua colgando y los párpados cerrados.

El caballero indigente empuñó su espada dirigiendo la punta hacia abajo, lo más alejado de él. Miró al lado opuesto y encogió los hombros.

Ilustración

—No tengo la menor idea, Tarnia. Supuse que situar Elternia en el ojo de una tormenta bastaría —dijo, inflando las mejillas—. Veo que el infame deseo de no morir sigue siendo tan popular.

Delante se alzaban montículos de restos humanos, como testimonios de la cruenta lucha.

Soltó una pedorreta.

—Si supieran.

Bajo la luz de la Estela Carinéia, centelleó el mandoble. Luego acercó el arma al alcance de su aliento.

—¡Sí, Tarnia, de muy mal humor! —Le escupió en cada grito—. ¡Ahora tengo que recoger toda esta porquería!

Los brillos en el acero se opacaron.

Con pesadez, el rubio en sus años dorados exhaló.

—No me lo tienes que recordar —se volvió hacia el lado opuesto—. Nunca me canso, no duermo, como o bebo. Solo llevo aquí desde hace bastante tiempo, con la bendición de... estar.

Apoyó la barbilla entre las rodillas.

—Solo extraño no extrañar. De saberlo, yo nunca... —Apuntó al pequeño santuario detrás—. Espero que «eso» valga tanta desgracia y tanta... —Miró el rojo ensuciando su armadura—. Muerte.

El altar y la roca azabache, en el borde de la arena, siguieron devolviendo el haz de luz en pequeños destellos.

Los ojos de Aratúrseld se humedecieron.

—Ya no puedo con esta «bendición», Tarnia —susurró—. Me está costando los pocos sesos que me quedan. —Se aferró a la espada—. Y nadie podrá derrotarme jamás. Me quedaré aquí para siempre.

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